Mittwoch, 31. Dezember 2025

La libertad no es un privilegio – reflexiones al entrar en 2026

Queridos amigos, queridos compañeros de camino:

El cambio de año es un buen momento no solo para lanzar al mundo propósitos bienintencionados como coartada para no hacer, al final, absolutamente nada, sino sobre todo para alcanzar primero una claridad propia. Y así, de manera excepcional, hoy no quiero hablar de música, sino de algo más fundamental: de nuestra propia relación con la situación política y social en la que nos encontramos —de si la soportamos pasivamente, de si empezamos a evaluarla de manera consciente, o de si en nosotros ya madura una crítica que busca formas de expresión adecuadas, pacíficas y eficaces.

En el año 2025 que acaba de concluir se ha intensificado de manera alarmante una tendencia según la cual la política ya no se concibe únicamente como un poder de orden, delimitado a su vez por fronteras claras, sino como una instancia que, de forma pedagógica y coercitiva, se arroga la corrección permanente del ser humano. En nombre de la salud, la seguridad, el clima, la estabilidad o de una cada vez más invocada supuesta defensa de los “valores occidentales”, y con el apoyo activo —ya casi inextricable— de ONG dudosas y de carácter oligárquico, se ha actuado crecientemente como si la libertad fuera un bien secundario: algo que puede concederse, restringirse o suspenderse arbitrariamente cuando así lo exijan presuntos fines superiores.

En términos muy concretos, esto significó también en 2025 un nuevo desplazamiento del poder de decisión: lejos de instancias democráticamente elegidas y responsables, hacia órganos supranacionales, tecnócratas y los llamados “mecanismos de coordinación”, que eluden con elegancia toda responsabilidad política y control efectivo. Significó la normalización progresiva de sistemas de identidad digital que dejan de concebirse como un servicio para convertirse en condición de acceso: quien quiera —o deba— participar, tiene que identificarse. Y significó asimismo, con consecuencias potencialmente igual de graves, la fijación política de un sistema monetario que podría perder su carácter neutral para transformarse en un instrumento de orientación y control del comportamiento.

A ello se suma otro aspecto especialmente trascendente de la acción estatal de los últimos años: la inmigración masiva, sostenida y políticamente promovida, procedente de contextos culturales y jurídicos en los que los derechos individuales de libertad, la igualdad ante la ley y la separación entre religión y Estado no son conquistas históricamente consolidadas, sino realidades sistemáticamente restringidas o abiertamente negadas. Que el Estado esté cada vez más dispuesto, por una tolerancia mal entendida, por chantaje moral o por comodidad de poder, a pactar con concepciones colectivistas y formas de dominación legitimadas religiosamente, marca una ruptura con el espíritu de la Ley Fundamental alemana, que no protege la arbitrariedad cultural, sino la libertad del individuo.

La tolerancia se transforma aquí en autonegación cuando deja de distinguir entre el ser humano individual, digno de protección, y una ideología hostil a la libertad, sustentada en pretensiones de dominación universal con legitimación religiosa y aspiración de validez política. Una sociedad abierta no se preserva importando y relativizando cualquier orden que la contradiga, sino conociendo, nombrando y defendiendo sus propios estándares civilizatorios mínimos. Quien ya no esté dispuesto a hacerlo no traiciona a la humanidad, sino a sus condiciones de posibilidad.

Al observar mi antigua patria y la actuación política de la Unión Europea, se impone otro diagnóstico profundamente inquietante. Bajo la referencia moralmente cargada a una supuesta defensa de los “valores occidentales”, una política de escalada y confrontación militar se presenta cada vez más como inevitable, en una tensión evidente con el mandato de paz consagrado en la Ley Fundamental y con la responsabilidad histórica de Europa. A la diplomacia, la desescalada y la rendición de cuentas políticas las sustituyen retóricas de disuasión, rearme y dureza estratégica. En esta lógica, las personas en Europa dejan de ser percibidas como sujetos políticos responsables y pasan a aparecer como magnitudes disponibles dentro de cálculos abstractos de seguridad. Tal desplazamiento no solo socava la dignidad del individuo, sino también los fundamentos normativos en los que Europa dice basarse.
También en América Latina siguen muy vivas las amargas experiencias históricas con la escalada política, la militarización y la instrumentalización de escenarios de amenaza. Allí se ha demostrado repetidamente que la normalización de la lógica militar en el ámbito político rara vez genera seguridad, pero sí erosiona de manera duradera la confianza, la libertad y las instituciones civiles.

A todo este deterioro del Estado de derecho, que en 2025 experimentó nuevas y lamentables expansiones en Europa, se sumó una disposición cada vez más abierta —y ya practicada— a tratar la libertad de expresión no como un derecho de defensa del ciudadano frente al Estado, la religión o la oligarquía, sino como un riesgo que debe ser regulado desde arriba. La censura rara vez se denomina ya como tal; aparece bajo los nombres de “moderación”, “resiliencia” o “protección contra la desinformación”, y se delega convenientemente en plataformas, algoritmos y normativas privadas. El efecto es el mismo: el ámbito de lo decible se estrecha, la disidencia se sanciona y la conformidad se recompensa, no por ley, sino mediante infraestructuras afinadas con precisión.

Lo verdaderamente inquietante no es tanto el estado de excepción en sí. Lo inquietante es que se consolide sin provocar protestas ni resistencias significativas. La habituación a la idea de que la libertad es algo que se concede generosamente en tiempos favorables y se retira en tiempos difíciles. Que, en consecuencia, ya no sea un derecho fundamental, sino un privilegio revocable.

Y sin embargo, sería un error para todos nosotros deducir de ello un pronóstico lineal e ineludible de una marcha fúnebre hacia la falta de libertad. El poder de lo políticamente perverso no se sostiene solo en decisiones, sino sobre todo en nuestro consentimiento, que se manifiesta con demasiada frecuencia en la cómoda y cobarde pasividad de quienes no se atreven a decir no cuando aún sería posible hacerlo sin peligro para la vida o la integridad física. Ese poder comienza a erosionarse en el momento en que las personas reaprenden a distinguir con claridad: entre responsabilidad y tutela, entre solidaridad y coacción, entre orden y control, y extraen de esa distinción primeras consecuencias, aunque todavía sean tímidas. Las primeras grietas en la fachada son visibles, no menos allí donde la centralización —una de las raíces principales del problema— deja de cumplir sus propias promesas de eficiencia y estabilidad.

Tal vez el verdadero rayo de esperanza para 2026 no resida en un giro político repentino, sino antes que nada en una corrección intelectual, individual y, como consecuencia casi natural, también social. En el retorno a la convicción de que el ser humano no es un problema de seguridad que deba ser administrado, sino un individuo capaz de responsabilidad, tal como siempre lo ha sido en sus mejores versiones. Y en tres coordenadas fundamentales adicionales: primero, que el dinero debería ser neutral; segundo, que la identidad digital no es un boleto de entrada; y tercero, que la opinión no puede ser un producto sujeto a licencia. Y, finalmente, en la comprensión de que la libertad no es el resultado de una planificación inteligente o autoritaria —como cada vez más se nos intenta imponer—, sino su límite necesario e innegociable.

En este sentido, os deseo —y nos deseo a todos— para el año que comienza no una falsa calma autoindulgente, sino el inicio de una claridad purificadora. No adaptación por comodidad, sino una capacidad de juicio dispuesta también a lo incómodo. Conexión y un intercambio activo y cooperativo con personas afines. Y la serenidad de quien sabe que la autodeterminación autónoma no necesita ser autorizada para ser legítima.

La verdadera prueba de nuestro tiempo no consiste en invocar solemnemente la libertad, sino en comprobar si existen personas dispuestas a sostenerla incluso cuando se vuelve impopular, impráctica o incómoda. La libertad no se manifiesta en el aplauso de la mayoría, sino en la firmeza de la minoría que se niega a delegar verdad, responsabilidad y conciencia en coyunturas cambiantes. Allí donde esa soberanía interior se conserva, todo puede ganarse, incluso bajo las condiciones externas más difíciles.

Con un afectuoso saludo musical y de espíritu libre,
y mis mejores deseos para un 2026 bueno, saludable, logrado y arrancado con determinación a todo lo adverso.

Martin Münch

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